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Anuncio del Reino

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Durante el mes de octubre la Iglesia nos invita a vivir el valor impostergable del “Anuncio del Reino”. El Señor Jesús comenzó su Iglesia con el anuncio de la Buena Noticia, es decir, de la llegada del Reino de Dios prometido desde hacía siglos en las Escrituras. Para cumplir la voluntad del Padre, Cristo inauguró el Reino de los cielos en la tierra. La Iglesia es el Reino de Cristo “presente ya en misterio” (Cfr. CCE 763).

El Reino se manifiesta a los hombres de hoy, en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo. Acoger la palabra de Jesús es acoger “el Reino”. La acogida solo será posible, si nosotros discípulos de Jesucristo anunciamos su Palabra sin miedo a los lugares donde Dios no es invocado, donde los valores del reino no son conocidos: personas, familias, pueblos, barrios, sectores, residenciales, urbanizaciones. El ardor misionero es una virtud que no se puede perder. El reino de Dios se hará visible, si reina la verdad, si se respeta la vida, si se observa santidad en los que estamos en la Iglesia, si pedimos su gracia vivificadora, si defendemos a que impere el orden y la justicia, si nuestro corazón rebosa de amor y de inmensa paz.

La tarea del anuncio del reino no es solo responsabilidad de los sacerdotes, sino también de todo cristiano, porque para evangelizar en este mes de la misión no se requiere una preparación de la “A” hasta la “z”, simplemente, como en el inicio de la iglesia naciente, que un solo deseo los animaba: “dar lo que se ha recibido”. Convenzámonos que Dios a través de su Espíritu esparce sus dones. Dios es don, que no actúa tomando sino dando sus dones a los hijos e hijas.

Estamos un poco agazapados por la pandemia que nos pide por caridad cuidarnos y cuidar la salud de los hermanos, no obstante podemos evangelizar con valentía, seamos “tejedores de fraternidad”, en una sociedad fracturada por el egoísmo, la envidia y la indiferencia.

El Santo Padre Francisco, nos presenta su mensaje, con motivo de la Jornada Mundial de las Misiones, bajo el lema: “No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hch 4,20). Es que cuando se experimenta la fuerza del amor de Dios, cuando reconocemos su presencia de Padre en nuestra vida personal y comunitaria, no podemos dejar de anunciar lo que hemos visto y oído.

Que nuestro testimonio de vida y el perfume del Evangelio de la misericordia suscite la conversión de aquellos que no conocen al Dios de la vida. Ponemos esta jornada misionera en las manos de la Virgen del Rosario, para que ella interceda ante su Hijo Jesús por éxito de la misión. 

Pbro. Felipe de Jesús Colón Padilla

El autor es, Juez del Tribunal Eclesiástico