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«No matarás»

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El 5º mandamiento está en el centro, porque si no se cumple la unidad de los mandamientos y cedemos en cualquiera de ellos, comienzan todos los enfrentamientos y contiendas, que nos ponen en el resbaladero de la muerte, propia y ajena; física, espiritual y eterna.

Es asombrosa la Bondad de Dios, del Maestro Bueno, de cómo Caín, ni siquiera después de haber matado a Abel, es destruido por Dios. Al contrario: «Si alguien matare a Caín, será siete veces vengado» (Gn 4,15). Una pena que esta misericordia y amor de Dios no le valiera a Caín para nada, pues ésta es la enseñanza oral que aprendió su quinta generación: «Dijo, pues, Lamec a sus mujeres: «Ada y Sela, oíd mi voz; mujeres de Lamec, dad oídos a mis palabras: Por una herida mataré a un hombre, y a un joven por un cardenal. Si Caín será vengado siete veces, Lamec lo será setenta veces siete». (Gn 4,23-24).

Ésta es la lección que aprende el impío acerca de la misericordia de Dios: derramar más sangre; setenta veces pone muerte donde Dios puso protección. Por eso tuvo que decir YHWH: «Tengola venganza y el pago, para el momento en que sus pies resbalen; porque próximo está el día de su ruina, y se precipita lo que va a sucederles». (Dt 32,35) Esto representa la muerte del malvado, dentro de la paciencia divina, pero también un juicio final, del cual el diluvio fue sólo un preludio. De tal modo fue la maldad que se iba apoderando de la tierra, por culpa de los hijos de Caín, que la venganza de Dios, fue eso, una precipitación sin igual, un diluvio universal que acabó con toda la generación y descendencia de Caín. En cambio, es salvada la descendencia del segundo hijo de Adán y Eva.

Justo después de que la descendencia de Caín, enraizada en la maldad, dijera que mataría a un joven por un golpe, y que mataría setenta veces siete, ahí acaba el relato y acto seguido comienza la descendencia de Jesucristo, con el segundo hijo de Adán y Eva. Donde sobreabundó el pecado, sobreabundó la gracia también. No es cuestión hoy de generaciones, pero por la Sangre de Cristo no corrió la descendencia de Caín.

Descendientes de Adán y Eva

Caín Abel
Henoc Set
Arad Enós, 1º en invocar el nombre de YHWH
Mejuyael Cainán
Metusael Mahaleel
Lámec Jared
Yabal y Tubalcaín Caín Henoc, arrebatado al cielo. –El séptimo-
Matusalén
Lámec
Noé
Sem, Cam y Jafet

 

Pusieron nombres iguales como pasa hoy, pero son de ascendencia diferente, una de Adán y la otra de Caín. Lucifer quería incluso engañar al Cristo. Veamos cómo esto aparece en el Evangelio; en la genealogía de Jesús según Lucas: «(…) hijo de Abrahán (…), hijo de Enós, hijo de Set, hijo de Adán, hijo de Dios» (Lc 3,34-38).

La genealogía de Mateo empieza con Abraham, que es de la descendencia de Adán: «Libro del origen de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán: Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá y a sus hermanos (…) y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo» (Mt 1,1).

Somos «hijos» de Adán, no de Caín, y esto es bíblico. Pero los gnósticos han elegido ser hijos de Tubalcaín, descendiente de Caín. ¿Cómo? Acogiendo a Lucifer por padre:

«¡Ay de ellos! Porque tomaron el sendero de Caín, por dinero cayeron en la aberración de Balaán y perecieron en la rebelión de Coré. Estos, que banquetean sin recato y se apacientan a sí mismos, son una mancha en vuestros ágapes, nubes sin lluvia que los vientos se llevan; árboles otoñales y sin frutos que, arrancados de cuajo, mueren por segunda vez; olas encrespadas del mar que arrojan la espuma de sus propias desvergüenzas; estrellas fugaces a las que aguarda la oscuridad eterna de las tinieblas. De ellos también profetizo el séptimo desde Adán, Henoc, cuando dijo: «He aquí que viene el Señor con sus santas miríadas para ejercer un juicio contra todos y convencer a todos los impíos de todas las impiedades que cometieron y de todas las crudezas que contra Él hablaron los pecadores impíos» (Judas 1,14-15)

Fijaos cómo hace una diferenciación para no quedarse sólo con el nombre que puede confundir, sino que dice: «el séptimo desde Adán, Henoc».

El diluvio apaciguó la tierra, pero el misterio del Ángel seductor está presente en que la libertad que tuvo el hombre para pecar tiene que ser la misma para acercarse a Dios; por eso el hombre siempre tendrá actos libres de voluntad para acercarse al Sumo Bien. Y sabemos por fe, que incluso aquellos que perecieron en el diluvio tendrán un juicio, porque a ellos bajó Jesucristo a predicar al lugar de los muertos. Diciendo también que el castigo que cayó sobre Sodoma y Gomorra no fue su fin definitivo, sino que tendrán también un juicio.

Podemos entender aquí por qué la ley del «ojo por ojo y diente por diente» se puso no como maldad, sino para limitar la ira del hombre. Aun así, ni siquiera era cierta, porque había leyes para homicidas involuntarios, que tenían una ciudad de refugio. Muchas leyes jurídicas y civiles tienen esto presente, y se vive aún gracias a Dios de juicios justos. Aunque en los días de muerte y castigo para los propios jueces y letrados, el «sol y las estrellas se oscurecerán», representando esto al juicio y leyes humanas, que deberían estar iluminadas por el Único Dios Verdadero, que ya dio jueces y reyes a su pueblo.

A pesar de todo y el día de la venganza e ira Divina, por la cual tenía que venir Dios a destruir la tierra, ésta cayó sobre su Hijo, pagando así nuestra condena y dando un tiempo, una Última Alianza en su Cuerpo y Sangre. Aun cuando no lo merecíamos, Jesucristo dio su sangre en rescate por muchos. Se ofrece a todos una limpieza que limpia el corazón y el alma. No hace falta ya que muera el hombre entero, sino que el Médico de las almas entra en lo profundo del ser y cura de la lepra del pecado. Por eso, recordando San Pablo la antigua retribución del pecado, que ha caído sobre Cristo, para ser de su propiedad y dejarnos limpiar por Él, habla del amor originario: «No os toméis la justicia por vosotros mismos, amadísimos, antes dad lugar a la ira (de Dios); pues escrito está: «A mí la venganza, yo haré justicia, dice el Señor». Por lo contrario, «si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber; que haciendo así amontonáis carbones encendidos sobre su cabeza». No te dejes vencer del mal, antes vence al mal con el bien» (Rom 12,19-21).

No podemos pensar que esta ley, está fuera del Antiguo Testamento, sino que Jesucristo vino a dar plenitud:

«El que se venga será víctima de la venganza del Señor, que le pedirá exacta cuenta de sus pecados. Perdona a tu prójimo la injuria, y tus pecados, a tus ruegos, te serán perdonados. ¿Guarda el hombre rencor contra el hombre, e irá a pedir al Señor curación? ¿No tiene misericordia de su semejante, y va a suplicar por sus pecados? Siendo carne, guarda rencor. ¿Quién va a tener piedad de sus delitos? Acuérdate de tus postrimerías y no tengas odio. Y guárdate de la corrupción y de la muerte y cumple los mandamientos. Acuérdate de los mandamientos y no odies al prójimo. Acuérdate de la alianza del Altísimo y pasa por alto la ignorancia. Aléjate de contiendas y aminorarás los pecados. Porque el hombre iracundo enciende las contiendas. El hombre pecador siembra la turbación entre amigos, y en medio de los que en paz están arroja la calumnia. A tenor del combustible se enciende y se alimenta el fuego, y según el poder del hombre, así es su ira; según su riqueza crece su cólera, y se enciende según la violencia de la disputa» (Eclesiástico 28,1-12).

Es Jesucristo quien da plenitud, a este texto del Eclesiástico, donde dice «Acuérdate de la alianza del Altísimo y pasa por alto la ignorancia». Esta Alianza es la que establece con el hombre, pasando por alto su ignorancia: «Cuando llegaron al lugar llamado Calvario, lo crucificaron allí, y a los dos malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben qué hacen» (Lc 23,33-34).

Es un perdón de destrucción y muerte, que cae sobre Jesús, ya presente en Adán, siendo una sangre mejor que la de Abel, que clamaba a Dios desde la tierra. ¿Pedía venganza? No sabemos si fue la intercesión de Abel, que agradó a Dios, la que intercedía por su hermano, al igual que Moisés por su pueblo, pero sí sabemos que la intercesión de Jesucristo, es más mansa y pura.

Setenta veces siete pide venganza Lamec, por eso setenta veces siete enseña Jesús el perdón a Pedro.

Entraríamos ahora en cómo se inicia el deseo de muerte en el hombre, queriendo vengarse incluso de una herida o un moratón ¿Que se haría por un bofetón? Presentar la otra mejilla dice el Señor, porque el inicio del odio es la lengua nos dice Santiago:

«También la lengua es un fuego, un mundo de iniquidad. Colocada entre nuestros miembros, la lengua contamina todo el cuerpo, e inflamada por el infierno, inflama a su vez toda nuestra vida. Todo género de fieras, de aves, de reptiles y animales marinos es domable y ha sido domado por el hombre; pero a la lengua nadie es capaz de domarla, es un mar turbulento y está llena de mortífero veneno. Con ella bendecimos al Señor y Padre nuestro, y con ella maldecimos a los hombres, que han sido hechos a imagen de Dios. De la misma boca proceden la bendición y la maldición. Y esto, hermanos míos, no debe ser así» (St 3,6-10).

Por eso recogen la sabiduría los salmos, algo que dicho de forma tan breve y sencilla, entendemos rápidamente y por experiencia, lo que en ellos se refleja: «Es blanda su boca más que la manteca, pero lleva la guerra en su corazón. Son sus palabras más untuosas que el aceite, pero son espadas desenvainadas» (Sal 55,22); «Pues no hay en su boca sinceridad; su interior no es más que malicia; un sepulcro abierto es su garganta, mientras halagan con sus lenguas» (Sal 5,10) y dice Jesucristo: «Porque de lo que rebosa el corazón habla la boca» (Mt 12,34).

La muerte es del pecado que tienta al hombre: «¿Y de dónde entre vosotros tantas guerras y contiendas? ¿No procede de vuestras voluptuosidades, que luchan en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis, ardéis en envidia, y no alcanzáis nada; os combatís y os hacéis la guerra» (St 4,1-2).

Por eso, cuando habla Jesucristo de los Bienaventurados, dice de ellos:

«Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9), y es precisamente lo que nos pide Jesús cuando nos acercamos al Altar, como Hijos de Dios y bienaventurados, que miremos la dicha de que nuestros nombres estén escritos en el libro de la vida, y pasemos por alto la ofensa del hermano para reconciliarnos con el. Trabajando por la paz nos hacemos pacíficos. De lo contrario hay un doble significado en las palabras de San Pablo: «Mientras estuvimos entre vosotros, os advertíamos que el que no quiere trabajar no coma … no por eso le miréis como enemigo, antes corregidle como a hermano. El mismo Señor de la paz os la conceda siempre y dondequiera» (2 Tes 3,10-17) El que trabaja por la paz es el que puede comer del Altar; si no, que no coma dijo el Señor justo después de predicar las bienaventuranzas: «Pero yo os digo que todo el que se irrita contra su hermano será reo de juicio, el que le dijere«raca» será reo ante el sanedrín, y el que le dijere «loco» será reo de la gehenna de fuego. Si vas, pues, a presentar una ofrenda ante el altar y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y luego vuelve a presentar tu ofrenda. Muéstrate, conciliador con tu adversario mientras vas con él por el camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas puesto en prisión» (Mt 5,22-25).

El 5º mandamiento está en el centro, porque si no se cumple la unidad de los mandamientos y cedemos en cualquiera de ellos, comienzan todos los enfrentamientos y contiendas, que nos ponen en el resbaladero de la muerte, propia y ajena; física, espiritual y eterna. Porque el pecado codicia al hombre como una fiera salvaje. Si este, obra mal, la encuentra sentada a su puerta esperando a devorarle, pero Dios dice que la podemos dominar: «¿No es verdad que, si obraras bien, andarías erguido, mientras que, si no obras bien, estará el pecado a la puerta como fiera acurrucada, acechándote ansiosamente, a la que tú debes dominar? Cesa, que él siente apego a ti, y tú debes dominarle a él». (Gn 4,7).

No podía terminar sin tocar el tema del aborto, aunque espero hablar sobre ello en otro mandamiento ¿Por qué existe el aborto? «Porque Dios no hizo la muerte ni se alegra con la destrucción de los vivientes. Él lo creó todo para que subsistiera: las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas veneno de muerte ni el abismo reina sobre la tierra.» (Sabiduría 1,13-14). El milagro de la concepción se hace para que esa persona subsista. No hay veneno de muerte en la gestación de un bebe, todo lo contrario. Está el origen de la vida del universo.

Jesús Sánchez