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Ahora, Señor, voy a cerrar mis párpados

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Hoy siento la necesidad de mirar hacia dentro de mí.  Cosas suceden que me invitan a la introspección.  Y busco en las fuentes deseoso de tropezarme con la palabra que me lleve de la mano hacia la reflexión, que me obligue a la meditación, que me conduzca al abandono, a la contemplación.

Y me encuentro con el Padre Michel Quoist, sacerdote francés fallecido hace más de diez años, cuyas obras, aún durante su vida, se constituyeron en extraordinarios bestsellers a nivel mundial.  A partir de su primer  libro, “Oraciones para rezar por las calles”, en rápida sucesión pública “Amor. Diario de Daniel”, “Triunfo”, “Dar. El diario de Ana María”, “Háblame de Amor”, “A corazón abierto” y muchos otros más.

Dejémonos llevar suavemente de la mano hacia nuestro yo más profundo, mientras lee
“Ahora Señor, voy a cerrar mis párpados: hoy ya han cumplido su oficio. Mi mirada ya regresa a mi alma tras de haberse paseado durante todo el día por el jardín de los hombres.

Gracias, Señor, por mis ojos, ventanales abiertos sobre el mundo; gracias por la mirada que lleva mi alma a los hombres como los buenos rayos de tu sol conducen el calor y la luz. Yo te pido en la noche, que mañana, cuando abra mis ojos al claro amanecer, sigan dispuestos a servir a mi alma y a mi Dios.

Haz que mis ojos sean claros, Señor. Y que mi mirada, siempre recta, siembre afán de pureza. Haz que no sea nunca una mirada decepcionada, desilusionada, desesperada, sino que sepa admirar, extasiarse, contemplar.

Da a mis ojos el saber cerrarse para hallarte mejor, pero que jamás se aparten del mundo por tenerle miedo. Concede a mi mirada el ser lo bastante profunda como para conocer tu presencia en el mundo y haz que jamás mis ojos se cierren ante el llanto del hombre.

Que mi mirada, Señor, sea clara y firme, pero que sepa enternecerse y que mis ojos sean capaces de llorar. Que mi mirada no ensucie a quien toque, que no intimide, sino que sosiegue, que no entristezca, sino que transmita alegría, que no seduzca para no apresar a nadie, sino que invite y arrastre al mejoramiento.

Haz que moleste al pecador al reconocer en ella tu resplandor, pero que sólo reproche para despertar. Haz que mi mirada conmueva las almas por ser un encuentro, un encuentro con Dios. Que sea una llamada, un toque de clarín que movilice a todos los parados en las puertas, y no porque yo paso, Señor, sino porque pasas Tú.

Para que mi mirada sea todo esto Señor, una vez más en esta noche yo te doy mi alma y mi cuerpo y mis ojos. Para que cuando mire a mis hermanos los hombres seas Tú quien los mira y, desde dentro de mí, Tú les saludes”.

Felipe de Js. Colón

Bendiciones y paz.