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El viejo pescador

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Mi amigo vivía hace años en Baltimore frente al Hospital Johns Hopkins. Ocupaba la primera planta y arriba alquilaba habitaciones.

“Una noche alguien tocó. Era un hombre de apariencia desagradable, casi enano. Su cara, muy hinchada. Su voz, agradable.

‘Buenas noches. ¿Tendrá habitación disponible? Vine desde la costa y ya no hay transporte. He buscado un cuarto y nada. Debe ser por mi cara. Dice el doctor que con tratamientos adicionales…’

Sus próximas palabras me convencieron: ‘Puedo dormir en esta mecedora. Mi autobús sale tempranito.’ Le ofrecí hacerle espacio. Preparé la cena y lo invité. ‘No gracias, tengo la mía’, enseñándome la funda en que la traía.

Luego conversamos. Tenía un corazón extra grande aprisionado en aquel pequeñísimo cuerpo. Era pescador. Mantenía su hija, su esposo ya inválido y sus cinco hijos.

En cada frase daba gracias a Dios por sus bendiciones. Su enfermedad, cáncer de piel, no era dolorosa y mantenía su vigor para continuar luchando.

Lo acomodé con mis hijos.  Al levantarme, sus sábanas nítidamente dobladas y el hombrecillo en la galería. No quiso desayunar. Al despedirse, me preguntó si podría volver. ‘Sus hijos me hicieron sentir como en casa. A los adultos les molesta mi cara pero a los niños no’.  Le dije que siempre sería bienvenido.

La próxima vez llegó a eso de las siete, trayéndome un gran pescado y las ostras más grandes que haya visto, recogidas ese mismo día. Su autobús había salido a las cuatro, por lo que casi no habría dormido. En años siguientes, traía pescado, ostras o vegetales de su huerto.

En ocasiones, recibíamos pescado y ostras empacadas en una caja de espinacas frescas. El regalo era doblemente valioso pues caminaba tres millas para enviarlo y era poco el dinero que producía. Entonces recordaba el comentario del vecino aquella vez que lo vio irse de casa: ‘¿Y ustedes aceptaron ese hombre?  Yo si no. ¡Se pierden clientes alojando gente así!’

Es posible. Conocida su enfermedad, no habría obstáculo. Nosotros agradeceremos su amistad por siempre.  De él aprendimos a aceptar lo malo sin quejas y lo bueno con gratitud.

Recientemente, visitando una amiga que tiene invernadero, admiré  el  más precioso crisantemo. Estaba en una lata vieja y oxidada. Pensé: ‘¡Si fuera mío, lo tendría en el tarro mas precioso!’

Mi amiga me hizo cambiar de idea. ‘Me quedé sin cacharros. Sabiendo cuán hermosa sería esta planta, sabía que no le importaría empezar en esta vieja olla.  No sería por mucho tiempo, tan sólo hasta replantarla.’

Me reí con todas mis ganas, imaginándome una escena similar en el cielo. ‘Esta es especialmente bella’, diría Dios al crear el alma del viejo pescador. ‘No le importará empezar en ese cuerpo tan pequeño’.

Esto sucedió hace mucho tiempo, y ahora, en el jardín del Señor, ¡cuán esbelta y hermosa debe estar su alma!” concluyó mi amigo.

Dios no se fija en las cosas que se fija el hombre.  El hombre mira las apariencias; el Señor mira el corazón.

Los amigos son algo muy especial. Te hacen reír y te estimulan a que triunfes. Abren sus oídos a cuanto les dices y siempre tienen palabras de elogio. Muéstrales cuánto los aprecias.

Y nunca mires a nadie como si lo hicieras desde un quinto piso… a menos que sea para ayudarlo subir.

Juan Rafael Pacheco

Bendiciones y paz.