Y tú, ¿nunca has ofendido a alguien?

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Lo más normal del mundo es afirmar que “fulano me ofendió grandemente”, o también aquello de que “yo no puedo olvidar nunca lo que me hizo fulano”. Realmente, casi todo el mundo, en algún momento u otro de la vida, ha recibido por parte de alguien una palabra que lo ha herido en lo más profundo de su corazón.

Sin embargo, no deja de ser igualmente frecuente que seamos nosotros los que hayamos dicho algo que hiera los sentimientos del que nos escucha. La diferencia grande entre un caso y el otro es que, cuando somos nosotros los que ofendemos, siempre, siempre, alegamos tener razones muy poderosas para hablar de la manera en que hayamos hablado, y, bueno es decirlo, puede ser que no nos falte razón.

Estas ideas las he ido tomando de un interesante artículo de Leonor Banderas que leí hace ya unos años. Señala la autora que, por encima de esa razón que creemos tener, hay un deber moral de comportamiento que nos ha enseñado que debemos ser pacíficos; que es importante controlar nuestras palabras; que debemos en todo momento demostrar nuestra educación, y sobre todo, que nosotros los cristianos tenemos por delante al principal ejemplo, el propio Jesús, quien siempre nos señala la importancia de no dar cabida en nuestro interior a ese hervidero de pasiones incontroladas que casi todos, en mayor o menor grado, llevamos dentro.

En una ocasión, le presentaron a Jesús una mujer a la que habían sorprendido en flagrante adulterio.  Es bien sabido que ese acto era condenado en aquellos tiempos con la pena de muerte por lapidación, o sea, a pedradas.  La intención de los acusadores era poner en aprietos a Jesús, ya que estaba de por medio la ley, y Jesús, que predicaba la no violencia, iba a tener que tomar partido.

Esa escena, llevada magistralmente al cine por Mel Gibson en su película sobre la Pasión de Cristo, nos muestra cómo Jesús, imperturbable,  escribe sobre la tierra aquella famosa frase que dirimió el conflicto: “El que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra.”

Aquella mujer, arrojada a los pies del Maestro, con la cabeza baja y el corazón destrozado, arrepentida de su pecado, se lleva la gran sorpresa cuando levanta los ojos del suelo, y se encuentra con que todos los que pronto la liquidarían,  habían desaparecido.  Al mismo tiempo, esos acusadores fueron puestos por Jesús en la difícil situación de tener que reconocer sus propios pecados, ya que nadie se atrevió a tirar la primera piedra.

La enseñanza es obvia.  Es bueno que nos hagan reconocer nuestras propias debilidades.  Estamos conscientes de que la humanidad es víctima de sus propios errores, como bien afirma la autora que venimos citando. Es una cadena de vergüenza que se enlaza entre sí.  Tú me ofendes, yo te ofendo, y así unos y otros nos igualamos.  Nacen los odios, las rencillas, y ya luego sólo nos queda o el remordimiento de lo que hicimos, o la satisfacción de la palabra que no llegamos a pronunciar.

Aún cuando nos sorprenda que así sea, es de admirar sin embargo la mucha gente que va por la vida comportándose noblemente, con sencillez y comprensión hacia los demás.  Gente que se pone en el lugar del otro para comprender sus razones, y que sabe perdonar los fallos del prójimo, o les hace reconocer su error dándole ejemplo de buenos modales, que siempre convencen más que una palabra ofensiva.

Ahora, para llegar a ese grado de evolución hay que luchar consigo mismo, y elevar nuestro pensamiento de este suelo mortal, donde la maldad todo lo contamina y embrutece, dice la autora.

“Sólo encontraremos paz en nuestra alma y tranquilidad en nuestro corazón, cuando logremos controlar nuestra mente y elevemos nuestro pensamiento a las alturas, confiando plenamente en Dios, observando con desprecio las miserias de este mundo, donde todo tiene un final. Sólo podremos llevarnos de aquí todo lo bueno que pudimos hacer en beneficio de otros. Sólo eso servirá para abrirnos la puerta hacia una vida mejor.”

Juan Rafael Pacheco

Bendiciones y paz.

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