Que una adolescente se embarace no significa que ‘ahí murió la flor’

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(RRI) Pedro Mendoza.

En nuestro país  no es habitual que las mujeres que alcanzan renombre después de una niñez y adolescencia llena de vicisitudes, pobreza,  sufrimiento y abandono familiar y psicológico, escriban y publiquen la historia de sus vidas donde narran cómo lograron mejorar determinados aspectos de sus personalidades, qué hicieron para construirse una potente motivación que le diera un sentido de identidad unificado y, simultáneamente, cómo le dieron un  propósito significativo a lo que anunciaba una vida adulta llena de fracasos.

Al menos que yo sepa, en los pasados 50 años, ninguna dominicana ha contado desnudamente los primeros sucesos o tropiezos que vivió  hasta que descubrió, todavía en plena adolescencia, que una gaviota puede alzar el vuelo aunque tenga un ala rota. Pero si tal eventualidad no ha ocurrido nunca, quizá la causa no deba  cargársele a que no ha surgido una mujer que considere relevante contar para  los demás la azarosa y frágil vida que tuvo y a la vez cómo esa misma infame y frágil vida le sirvió de acicate para descubrir las fortalezas y habilidades que no sabía que tenía.

La creencia que ha predominado en la sociedad dominicana es que la adolescente que se equivocó, y en vez de ser una joven sofisticada que obtiene excelentes notas en su bachillerato, asiste a clases de piano o de ballet, es la estrella del equipo de volibol  de la escuela, es educada y desde los 14  años es capaz de conversar sin titubeos en inglés con jóvenes universitarios, lo único que tiene para exhibir es un embarazo  a los 15 años, pues a esa adolescente “le cayó gas” porque en lo adelante lo que oirá acerca de ella será: “es una  loquita vieja”, o bien,  “con el fogaraté que tenía, mucho duró sin que la preñaran”.

Curiosamente,  las ONG que se oponen al embarazo adolescente, y que por lo menos sienten mayor comprensión de su realidad, apenas se limitan  a reclamarle al Estado intervenciones sociales más decididas sobre la tragedia, pero esas ONG nunca asumen el compromiso de hacerles ver a esas jóvenes que pueden reenfocar sus vidas si intentan proporcionarse una identidad distinguida por su rigor y uniformidad y  tampoco las estimulan a razonar que no es verdad que “quien nació para ser burro del cielo le cae el aparejo”. Hasta su propia familia duplica los regaños contra la desdichada adolescente que a menudo solo le queda como ambiente alternativo al hogar materno, la ‘calle’ o un cuarto (“pieza”) que el novio tomó en alquiler para mudarse con ella mientras el pique de los padres y las murmuraciones del barrio bajan de nivel.

Para un memorable ejemplo de lo que podríamos llamar una adolescente “corajuda” en grado superlativo, solo tengo a mano los detalles de la vida de una mujer que pasó por una adolescencia siniestra, vivió la indiferencia de sus progenitores, participó de conductas riesgosas, desafiantes y peligrosas y fue víctima del escarnio de ser vendida a varios negocios del proxenetismo y hoy tiene una vida rebosante de éxitos. Pero cuando la abordé para insertarla en este artículo como ejemplo vivo para miles de jóvenes que se embarazan prematuramente, me dijo que esperará algunos años más cuando ella supone que llegará al tope de sus metas positivas.

Como no obtuve la autorización de esta mujer, me atendré a animar a miles de adolescentes que dejan la escuela por su embarazo y luego permiten que sus vidas y sus proyectos sean devorados por el comején, contándoles un poco de la vida de dos mujeres norteamericanas de fama mundial que se embarazaron durante la adolescencia. Esas dos grandes mujeres son Diana Ross y Oprah Winfrey. Sin duda las dos mujeres negras estadounidenses más conocidas hoy dentro  y fuera de Estados Unidos.

La pobreza, la violencia masculina  y la discriminación se toparon con ambas. Pero en vez de echarse a llorar y compadecerse de sí mismas o de echarle la culpa de su desgracia a la sociedad, se dedicaron a forjarse de un “mito personal” y a adaptarse talentosamente a un medio hostil a través de lo único que tenían: el arte. Cuando en 1960, Diana Ross, vocalista del cuarteto “Las Supremas”, pegó sus famosas canciones  “¿Adónde ha ido nuestro amor?” y “No hay una montaña suficientemente alta”, no hubo adolescente y adulto que no las tarareara todo el tiempo. Diana vendió 100 millones de discos; solo unos discos menos que el grupo que ha vendido más en el mundo, los Beatles.

El caso de Oprah es de antología. Ella misma cuenta que “era tan pobre que usaba vestidos hechos con sacos de papas provocando la burla de los niños”. Su programa Oprah Winfrey Show tiene fama mundial. Nadie que viera su actuación en la película “El color púrpura” en 1986, olvidará nunca la reciedumbre de su talento. En 2013, el Presidente Obama la distinguió con la Medalla Presidencial de la Libertad, la más alta condecoración civil que otorga el Gobierno estadounidense. Es hoy no solo una superestrella de la televisión, sino también una respetada filántropa. Y todo eso lo consiguieron a pesar de su pobreza y después de su embarazo adolescente.

Creo que tanto el Gobierno como las ONG que  abogan por el control total del embarazo adolecente en la RD, debieran cambiar el sentido del énfasis puesto sobre este problema. En lugar de afanarse por su control desde afuera, podría ser exitoso si los esfuerzos se encaminan a estimular a las que se embarazan a convertir ese traspié en una oportunidad para el logro de metas promisorias para sus vidas.

Pedro Mendoza.

El autor es Psicoterapeuta familiar
Centro Médico Cibao-Utesa

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