Los predicadores evangélicos del parque Duarte

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Se ajusta a la Constitución y a las Leyes, la acción de control del orden público ejecutada por el Ayuntamiento contra ese predicador que por más de 10 años consecutivos generaba contaminación sónica en el Parque Duarte. Ese señor y otros seguidores que muchas veces le acompañan en la Plaza Santiago Apóstol al frente de la Catedral, generan una masiva contaminación sónica por encima de los 65 decibeles en la zona de mayor riesgo, el centro histórico, donde en promedio se producen sonidos agresores por encima de los 85 decibeles. Como recuerda Saúl Abreu, director de la Asociación para el Desarrollo (APEDI), por favor que no surjan desde el sector evangélico imprecaciones que maldicen como “anticristo” a la autoridad pública municipal. En materia ambiental hay que imponer la ley a cualquier costo.

El artículo 45 de la Constitución impone que el Estado garantice la libertad de conciencia y de cultos, “siempre y cuando se cumplan las leyes y haya sujeción al orden público y respeto a las buenas costumbres”. No hay plan pastoral de la iglesia evangélica que explique el por qué de  10 parques y espacios públicos delimitados del centro histórico, es elegido el parque Duarte, cuando incluso el parque Valerio es zona rosa de paganos en decenas de prostíbulos y burdeles.

Ese predicador genera una epidemia de contaminación por el sonido de su bocina. Un nivel de ruido que por su frecuencia afecta la salud y la calidad de vida de la ciudadanía que visita el parque y disfruta de su ecosistema. Su labor sobrepasa los niveles legalmente establecidos, y sépase que el artículo 5 de la ley 287-05 también sanciona cualquier ruido que moleste a la ciudadanía aunque se encuentre en los decibeles tolerables.  Estos predicadores utilizan un altoparlante generador de bulla; un instrumento emisor que al actuar sobre el aire modifica la composición natural del ambiente, degrada su calidad y pone en riesgo la salud de las personas.

El profesor, historiador y eficiente ministro de Medio Ambiente, Frank Moya Pons en 2003, hizo aprobar la Norma para la Protección contra Ruidos NA-RU-001-03, cuya transgresión debe ser sancionada vía los mecanismos administrativos y judiciales consignados en la Ley General sobre Medio Ambiente 64-00, y sus reglamentos. El artículo 174 “declara como delincuente y criminal ambiental todo aquel que culposa o dolosamente por acción u omisión, transgreda las normas”; incurre en delito contra el ambiente y, por tanto responderá de conformidad a las mismas. Todo delito flagrante, impone una acción inmediata contra el responsable.

Más allá de la Ley está la prudencia. Como recomienda Baltasar Gracián y Morales en “Oráculo Manual y Arte de Prudencia”, una valiosa guía escrita en 1647 pero que todavía preserva inmutable vigencia, la conducta de los seres humanos en un mundo en conflicto debe ser de sumo cuidado y recomienda especial cuidado para que las cosas salgan bien. Pareciera que esos predicadores ponen más atención a gritar sus máximas fundamentalistas que a la satisfacción de conseguir que su mensaje llegue entendible a sus probables devotos.

Tenemos la humilde impresión, pues me crié en esa zona de Santiago de los Caballeros, donde residí por más de 20 años en la esquina 27 de Febrero (Boy Scout) y 30 de Marzo, que a esos predicadores no les interesa el buen mensaje religioso en sí mismo, ni tampoco mantener una real orientación sobre sus valoraciones, sino pregonar un ácido mensaje contra la Iglesia Católica. Buscan amedrentar la feligresía piadosa que asiste a las celebraciones de la Catedral Santiago Apóstol y amilanar al conjunto de religiosos, religiosas y ciudadanos comunes que concurren al Arzobispado Metropolitano.

A más de 100 decibeles de sonido atroz, reprenden, reprochan, acusan, atacan, tachan y retan a los creyentes católicos que asisten al templo más importante del Cibao. Esos predicadores la emprenden contra un conjunto de preceptos católicos; contra beatos, santos y apóstoles; especialmente adversan una de las esencias de mayor espiritualidad, trascedencia y mística de la religión católica: La Virgen María.

Desde los años 80, Rey Peguero, mi padre, asiduo lector de la Biblia y uno de los fundadores del Movimiento Familiar Cristiano (MFC), con diversos cursillos de cristiandad en su haber, invitaba los antecesores de esos predicadores a pasar a nuestra casa a debatir sus frenéticos cánones. Lo mismo hacía Rey con mi tío político Félix Tavares que llegó a ocupar la posición más alta de los Adventistas. Pero también con Arcadio, famoso predicador barbudo y de mirada alucinante que gritaba su evangelio por la toda la avenida Valerio y la calle Restauración.

Los predicadores del Parque Duarte tienen todo el derecho de divulgar lo que ellos entienden es la palabra de Dios en parques, plazoletas y espacios públicos de Santiago, a lo que no tienen facultad es a contaminar, poluir, prostituir y corromper el ambiente con megáfonos, altoparlantes, bocinas y altavoces que violan la Constitución y al menos cuatro leyes manejándose sin la debida prudencia en un entorno que impone culto, solemnidad y decoro.

Reynaldo Peguero

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