La Gracia de Dios es siempre nueva

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Estamos en plena Semana Santa; tiempo de gracia, de salvación y de bendiciones para todos los que abren su vida a la conversión. Es totalmente gratis, porque Dios sigue salvando hoy y llegando a los corazones de quienes se dejan encontrar por él. No importa que tan mal nos hayamos portado y cual sea nuestra mala conducta y pecado, Dios espera el arrepentimiento y esta Semana Santa que es “única”, es la gran oportunidad para salvarse, no dejemos que pase de largo, ni tan poco nos quedemos como espectadores, observando desde lejos lo que otros hacen y sin saber qué hacer. El Señor en su Palabra que es vida, promesa y cumplimiento de salvación nos dice en Ap 21,5: “He aquí, yo hago nuevas todas las cosas”. Ahora es el tiempo de la gracia y de la salvación.

El Domingo de Ramos escuché la homilía de Mons. Freddy Breton, arzobispo de Santiago, en la Catedral Santiago Apóstol el Mayor, y esta frase me tocó el corazón: “la Gracia de Dios no se repite, es siempre nueva y siempre renovadora, como agua de manantial, que nunca es la misma, porque continuamente se renueva”. Así es Dios y cada año viene con palabras, gestos, reflexiones, celebraciones, actos de piedad… a decirnos que todavía cree en la humanidad y que espera los corazones arrepentidos para derramar muchas bendiciones sobre ellos y para darnos vida en abundancia, para renovar su entrega generosa, amarnos  y seguir salvándonos de nuestra maldad y pecado, limpiando nuestras impurezas, llenando el mundo de vida, de valores, de servicio, de caridad, de ternura, de amor, de paz, justicia y fraternidad.

Dios padre de bondad y misericordia viene nuevamente a decirnos a través de su hijo crucificado, que no se arrepiente de haber entregado su vida humana por nuestra salvación, de haber dado hasta la última gota de su sangre, de haberse dejado sacrificar de la forma más cruel y violenta.

Él, siendo inocente, lo clavaron en un madero, le traspasaron su costado con una espada, no sin antes azotarlo a latigazos, burlarse de él,  blasfemar en su presencia, escupirlo, coronarlo con espinas, despojarlo de sus vestiduras, ¡cuánta humillación! para un ser humano que pasó por este mundo haciendo el bien, curando toda clase de enfermedades, predicando con gestos y palabras el amor,  resucitando muertos, liberando a los oprimidos por los demonios, dando de comer a los hambrientos. Él, Jesús de Nazaret, que nos enseñó a amarnos los unos a los otros, a vivir las bienaventuranzas, a perdonar incluso al enemigo, a orar por los que nos hacen daño. Él, Jesús de Nazaret vino a servir y no a ser servido; nunca robó ni fue corrupto, no buscó su propio interés, sino el de la gente, no tenía ni donde reclinar su cabeza.

Él, Jesús de Nazaret,  se entregó a sí mismo a una muerte de cruz, como un maldito, siendo él, santo e hijo de Dios, se despojó de su “categoría de Dios”, por amor y en esta Semana Santa viene a recordarnos, por si acaso nos estamos olvidando, que él resucitó y está vivo y quiere salvarnos, desea que seamos personas buenas, acogiendo su gracia y salvación en nuestras vidas hoy, porque su gracia es siempre nueva, no se repite jamás.

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