Familia que reza unida permanece unida

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Es un privilegio tener una familia, especialmente cuando llegan los momentos puntuales de nuestra existencia, tales como el día de nuestro cumpleaños, en la época navideña, cuando uno de los miembros de la familia ha logrado alcanzar un sueño. También es importante por el apoyo moral que se recibe cuando muere un ser querido. En fin, en las circunstancias cruciales de nuestro vivir, se hace necesaria la presencia de la familia, y de igual modo, en el día a día, en los pequeños instantes que nos regala Dios.

Sin embargo, nos acostumbramos tan pronto a la familia, que muchos la perciben como un estorbo, la consideran parte de una rutina que debe ser colocada en la lista de cosas obsoletas. Es más, para algunas personas está en un segundo plano, sienten que pueden sobrevivir sin ella. Es la razón por la que actualmente es poco frecuente encontrar familias compartiendo los alimentos en la mesa todos juntos, sentados para dialogar los problemas que les afecta como entidad humana o simplemente para dar un paseo.

Hoy más que nunca debemos volver a las buenas costumbres familiares. Tenemos que llevar nuevamente a la familia al centro de nuestra vida. Quitarla de la orilla, borrar la concepción pesimista de verla como una realidad que simplemente está ahí y de la que no nos podemos desligar porque llevamos su sangre. Debería verse de otro modo, porque de ella salen los grandes líderes que dirigen las naciones y los pueblos; los ingenieros, arquitectos, abogados, etc. En definitiva, todas las personas que contribuyen para que se tengamos una mejor humanidad vienen de una familia.

Es digno de admirar que todavía en nuestro siglo se puedan encontrar familias que mantienen la tradición de reunirse todos los fines de semana. Familias que en este pequeño espacio encuentran la razón de ser de la vida. Estos encuentros fortalecen los lazos familiares, reaniman las esperanzas de vivir y hacen posible que el fuerzo humano se continúe en lo cotidiano. Son estas familias que asumen los valores, que saben corregirse unos a otros, que son capaces de olvidar las ofensas cometidas, restablecer el tiempo perdido y secar las lágrimas derramadas. Pero muchas de estas familias, han logrado tener uniones sólidas y duraderas porque siempre han puesto a Dios en el corazón de sus vidas, lo han tenido como guía y como maestro.

La unidad en una familia no se improvisa, se adquiere creando conciencia en cada uno de sus integrantes, respetando y guardando la identidad que los une. Reconociendo, además, que el testimonio educa más que las palabras. De igual modo, la familia debe orar, pedirle a Dios por la protección y la bendición del hogar y preocuparse por las tareas y las obligaciones de los familiares, tratándose realmente como lo que son, familias. Viviendo hombro con hombro los afanes del presente, enfrentándose juntos a las dificultades, y celebrando siempre el don maravilloso de haber tenido una familia.

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