El subterfugio y la falsa percepción del miedo

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Hablemos del miedo como un fenómeno social que siendo una condición personal atolondra a los pueblos. Por largo tiempo el miedo a sido utilizado por el poder con fines políticos que es cuando se define como terrorismo, incluyendo a gobiernos o sistema que se presentan como democrático, impidiendo que muchas personas y familias vean imposible lograr sus sueños. El miedo tiene un alto costo para la sociedad y no siempre es infundido por elementos desconocidos. Iremos de lo personal a lo social de manera espontánea.

El éxito o el fracaso personal no es un asunto de miedo o subterfugio, es cuestión de propósito, determinación y una buena dosis de consistencia. Nadie es un fracasado, aún esté en una cárcel o en un hospital, perder una batalla no es perder la guerra. Simplemente la persona tomó la ruta equivocada o enfermó por falta de prevención o por causa de su genética. Hipotéticamente, de la misma manera que el enfermo se cura o muere, el encarcelado puede reivindicarse o continuar su carrera criminal como un reincidente.

El único miedo valedero es el que te altera los nervios antes de ejecutar lo excepcionalmente constructivo. Lo malo o criminal es fácil de hacer porque no obedece reglas ni leyes, no observa la ética, no sufre ni compadece, es como el mal conductor que se cree muy bueno ignorando que los demás le permiten pasar.

Ser cuidadoso no es ser miedoso o timorato sino prevenido. Podemos suponer metafóricamente que la muerte es cobarde porque vive al acecho y no da la cara. Nada que provoque miedo al ser humano es positivo, no importa si se trata de divinidades, persona, instituciones o el gobierno. Hay una gran diferencia entre el respeto y el miedo. Los profesionales adiestradores de animales en vez de tenerles miedo los respetan, claro que toman sus precauciones.

La Divina comedia, de Dante Alighieri, es una obra de ficción utilizada por los teólogos para infundir el miedo que hace esclavo al hombre que cae bajo el dominio de la superstición. No le tengo miedo a Dios, no porque nunca lo he visto sino porque si es Dios de amor no puede ser tan malvado que infunda el miedo. No le tengo miedo al diablo porque a pesar de su fama de desgraciado nunca se me ha presentado por lo que lo considero un cobarde, en caso de que existiera, no tengo de qué culparle porque no me ha hecho un rasguño en la piel. Mucho menos le tengo miedo a hombre alguno por ser tan mortal como yo y pasará por las mismas tal vez más pronto de lo que cree: la mediocridad estampada por su conducta o la muerte que le cuenta los días.

Quien vive con miedo no puede ser libre. Miedo al gobierno, miedo a peder  su cónyuge, miedo a perder le dinero, a perder el empleo, o a la ruina en los negocios; miedo de que el hijo deje la universidad, a que la hija salga embarazada, miedo de que el casero le pida el apartamento  o a perder la casa propia. Miedo a que lo parta un rayo, miedo al jefe que lo aterra o explota, al brujo que lo condena, al pastor de la iglesia que vota fuego por la boca si no le paga el diezmo, miedo a los vaivenes del destino fatalista, miedo a las enfermedades del cuerpo y del alma, y finalmente, terror de que nunca deje de tener miedo.

Todo lo que es poderoso tiende a provocar miedo, Dios, el diablo, el gobierno o la autoridad,  el xenófobo, el violento doméstico. Sin embargo todo lo que existe está sujeto a leyes establecidas, sean estas físicas o impuestas por el hombre o por sus relaciones económica en la sociedad. Toda ley que tiene como propósito infundir el miedo es por si misma injusta e ilegal, es cuestión de la sociedad que la admite, la tolera o la fomenta.

Las artes marciales no tienen como propósito infundir miedo ni deben ser utilizadas como medio de hostigamiento, de ser aplicadas de esta manera, esa habilidad o destreza se constituye en un arma criminal al igual que un cuchillo o un revolver. Esto ilustra que la ciudadanía no tiene razón para vivir bajo el miedo, de lo contrario, las naciones penden de cambios fundamentales de sus estamentos jurídicos, especialmente cuando un falso concepto de las libertades individuales sirve de brecha para el el comercio y la depredación de ser humano.

No es para ignorar que muchos valientes esconden sus miedos ejerciendo el poder en el que se sienten protegidos, compran armas de diferentes calibres, hasta de guerra o pagan seguridad o gualda espaldas. Pero no hay peor miedo que el miedo a la verdad. La verdad cuando no se dice por una razón determinada es como una bomba de tiempo que un día será como un volcán que con su lava ardiente quema todo a su paso. Lo peor es cuando resultan víctimas inocentes. No es que sea un error sentir miedo, éste no es un acto voluntario, pero no es como la gente cree, es simplemente una señal de nuestros organismos para que se tomen las medidas pertinentes para prevenir consecuencias o tomar las medidas apropiadas, especialmente cuando se nos toma desprevenidos.

Los seres vivos cuentan con reflejos defensivos que se activan al instante de una amenaza. Los ciudadanos de a pie suelen no darse cuenta que en una sociedad oprimida por depredadores de la economía existe una amenaza a la vida, lenta o permanente, que desgasta la vida física y anquilosa la espiritual como consecuencia de un asesinato moral que sucede a la vista de todos en los arrabales modernos del enriquecimiento ilícito.

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