Cristo nos regaló el mandamiento del amor

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Dios entró en nuestra humanidad, se hizo uno con todos, caminó y sintió el polvo que pisan nuestros pies, vivir como uno de tantos, sin privilegios, sin acondicionamientos, sin poder ni mucho menos sin ejercer ningún dominio sobre los demás. Estuvo entre la gente, con los pobres y con los marginados de la sociedad, ellos fueron su agenda, su itinerario de vida y su único compromiso pastoral. Asumió la realidad del ser humano en todas sus dimensiones excepto en el pecado, vivió tan cerca de su creación, que él mismo decidió hacerse creatura para entender y comprender las actitudes de las personas desde una visión pragmática y abnegada.

El tiempo ha transcurrido, las generaciones se han sucedido una con otras y aun así, todavía después de dos mil trece años de este hecho gran acontecimiento sobrenatural y humano, las personas recuerdan la transcendencia que tuvo esta experiencia de fe y de solidaridad, y aunque desde la lógica humana es difícil creer y afirmar que Dios se hizo hombre, que participó de nuestra convivencia, que vivió en una cultura, en un pueblo y fue creciendo de igual como lo hacen todos los seres humanos, sucedió, porque para Dios no hay nada imposible.

¿Por qué Dios siendo todopoderoso no se quedó mejor en su trono y desde allí observó a los seres humanos? ¿Fue necesario que bajara y estuviera cerca de ellos para conocer la realidad humana? ¿Cuál fue la razón principal que lo llevó a asumir nuestra humanidad? ¿Valió la pena haber vivido durante treinta y tres años como un ser humano común y corriente?

Son muchas preguntas para responder de un tirón, mas aun, todas se resumen en una sola palabra: Amor. Sí, todo lo que Dios ha hecho con nosotros, es amor, es entrega, es voluntad, es misericordia y bondad. Es un Dios que no quiso ver de lejos como convivían las personas, todo lo contrario, quiso llorar con los que llorarán, reír con los que reían, luchar con los que luchaban, y sobre las cosas, recordarle a los que vivían en la más terrible miseria humana, que no están solo, que Dios había venido a socorrerlos, a sanar sus heridas, a resucitar sus esperanzas, habitadas en sus corazones desolados, y a ofrecerles un poco de su luz inagotable para transformar sus oscuridades en luces admirables.

Dios nos ha regalado su amor, ha sido capaz de lavarles los pies a sus discípulos, a estar en la mesa como el que sirve y no como el que está sentado ansioso esperando a que le sirvan la comida, ha mostrado un rostro humilde, sencillo y sensible como una forma de decirle al mundo entero: si yo, que soy Señor de señores, Rey de reyes me he despojado de mi rango, no he hecho alarde de mi categoría de Dios, pues, hagan ustedes lo mismo unos con otros. Sean compasivos como su padre es compasivo, y sus vidas cambiaran, la paz que tanto anhelan y buscan, iluminara sus corazones.

Luis Alberto De León Alcántara

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