Así es como vivía la Virgen

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Mis hermanos y yo tenemos tierra con la que, por el momento, no podemos hacer mucho más que cuidarla un poco o prestarla para cultivar.
Digo “prestarla” porque, quienes la piden, ¡vaya!, no son -por lo regular- personas adineradas, más bien, son personas muy necesitadas.
Sin mucho pensarlo, la he prestado con la condición de que, quien la haga rendir fruto, mantenga limpio el terreno, seguro ante la invasión de alimañas y malhechores pero, además, que me reporte alguna lechuga o ayotito, aunque sea de vez en cuando.
No puedo pensar en obtener mayor ganancia.
Con este pensamiento es que, hace unos meses, presté un terreno al lado de la ventana desde donde escribo.
Tener a Francisco, un buen hombre que no goza de buena salud, trabajando de sol a sol limpiando el terreno, arándolo, sembrando y cosechando tanto cuando viene solo, cuando trae a su esposita y adorables hijitos de día de campo o como cuando viene con sus amigos, todos hombres pensionados, que llegan a trabajar y tomar sopa (preparan unas sopas deliciosas a las que me convidan) ha sido para mi escuela de sencillez, humildad y deber cumplido.
Los miro y, en seguida, pienso en Dios y, por supuesto, se me colma el alma.
Francisco llega y se va con una sonrisa en la boca.
Ayer me contó que ha montado una verdulería en su casa. Le ha de estar yendo bien ya que, casi a diario, viene a cosechar lo sembrado y no se va sin dejarme alguna verdura en el marco de la ventana.

Llega y se va contento y, así estoy yo.

“Este conocimiento de la acción divina en todo lo que pasa en cada momento es la sabiduría más sutil que en esta vida puede tenerse de las cosas de Dios. Es una revelación continua, es un diálogo con Dios que se renueva incesantemente, es gozar del Esposo no en lo oculto, a escondidas, en la bodega o en la viña, sino al descubierto y en público, sin miedo a nadie. Es un océano de paz, gozo, amor y de conformidad con un Dios visto, conocido o, mejor aún, creído, viviendo y operando siempre lo más perfecto, en cuanto se presenta en todos los instantes. Es el paraíso eterno que, verdaderamente, se hace presente en las cosas pequeñas, cubiertas de tinieblas. Pero el Espíritu de Dios, que en esta vida compone secretamente todos estos fragmentos con su acción continua y fecunda, dirá en el día de la muerte: «hágase la luz» [Gén 1,3], y se verán entonces los tesoros que encerraba la fe en ese abismo de paz y de conformidad con Dios, que se encuentra a cada momento en todo lo que hay que sufrir o hacer.

Cuando Dios quiere darse al alma de este modo, todo lo común se hace extraordinario, y por serlo verdaderamente, no lo parece. Y es que este camino es por sí mismo extraordinario, y por eso mismo no es necesario adornarlo con maravillas prestadas. Es un milagro, una revelación y un gozo permanente, con algunas pequeñas imperfecciones. Su condición propia, sin embargo, no es poseer apariencias sensibles y maravillosas, sino hacer maravillosas todas las cosas comunes y sensibles. Así es como vivía la Virgen
Jean Pierre de Caussade, SJ de su libro “El abandono en la divina providencia”.

por Maricruz Tasies

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