Aristófanes Urbáez, un periodista diferente

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(RRI)

En vida fue un periodista y un hombre de letras bastante escrupuloso en el uso del lenguaje. Investigador pertinaz y obstinado, no obstante, fino como la lluvia. Fue además un comunicador poseedor de grandes giros o tropos lingüísticos.

La mayoría de las veces sus especulaciones o elucubraciones políticas y filosóficas eran incomprendidas por algunos habitantes de una aldea global conocida como República Dominicana. En un país donde la educación es una fábula, Aristófanes Urbáez, viniendo de una madre educadora, eternamente defendió la educación, como lo hizo en su momento Sor Juana Inés en México a través de su Carta Atenagórica, escrita en 1690 y Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, publicada en 1691.

Urbáez adoptó el simbolismo del Roedor quizás por lo sagrado de este animalito para los griegos o por la  omnipresencia  del dios Apolo que encontramos en la tragedia griega, Edipo rey de Sófocles.

Sus explicaciones estaban siempre poseídas del arte de esclarecer e interpretar sabiamente sus ideas o planteamientos. Oírle expresarse verbalmente con tan sorprendente locuacidad y, sobre todo, hacer suposiciones o deducciones y precomprensiones me llevaba al juego del intérprete, el interpretando y a la historia de quien interpreta en una de las obras del filosofo alemán, Martin Heidegger, El ser y el tiempo.

Aristófnes hacia alardes de su enorme técnica en el uso de la hermenéutica y de la filosofía estética. Su narrativa periodística y escritural estaba ceñida a la verdad y a la historicidad precisa del fenómeno sometido a interpretación. Sus juicios conducían a conclusiones, algunas veces enfrentadas en lo que respeta al tema que exponía para lograr una explicación coherente.

Sin ánimo de hacer comparaciones que podrían verse absurdas, no dudo que Urbáez pudo haber leído al filosofo, sociólogo e historiador alemán, Whilheim Dilthey autor de «Hermenéutica y el estudio de la historia«, quien explicó que «toda manifestación espiritual humana tiene que ser comprendida dentro del contexto histórico de su época«. Aristófanes decía, con sobrada exactitud, que un hecho siempre está ligado a su tiempo.

Con su muerte el periodismo dominicano ha perdido a uno de sus mejores representantes. Dejar de expresar esta certeza seria una insensatez de mi parte. Le traté en medio de ocasiones breves.

Me impresionó su sinceridad y su alto vuelo literario, aunque no escribió tema de novela en el cual narrara el alma de su pueblo, pudo haber escrito sobre el desconsuelo interior de su pais. Aristófanes fue  un ser humano bueno, por eso ejerció el periodismo. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas, como expresara el polaco y periodista, ganador del premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, Ryszard Kapuscinski.

Hacer periodismo en una aldea donde el caciquismo predomina y patea como una mula mañosa las plumas inteligentes que suelen volar libre por encimas de los palacios. Es difícil poder rebasar al mediocre inoperante, como escribiera el médico psiquiatra español y profesor de la Universidad de Navarra, Luis de Rivera. Al parecer estamos siendo dirigidos  no solamente por gobernantes ineficaces sino por sectores facticos que provocan parálisis sociales por ambiciosos intereses.

Aristófanes ejerció un periodismo político y literario. Sin embargo, me da en pensar que tuvo más afecto por el último que por el primero, aunque haya sido el primero el que descollara en el día a día. Hizo periodismo político o prensa de referencia creyendo que la comunicación y la dirección social son comparables.

El caso Watergate en los Estados Unidos, como escribí en un artículo reciente, trajo la independencia de la prensa frente al poder político y una advertencia del papel que juegan los periódicos en una democracia. Aristófanes Urbáez se destacó como uno de los defensores de la democracia pura. Sus opiniones tenían momentos de rabia e instantes  de ironía, empero la tinta de su pluma simulaba en ocasiones el elixir de una perfumada flor.

Recuerdo y despido a la vez a Aristófanes con unas estrofas del poema La brevedad de la vida de Francisco de Quevedo: «Oh mortal condición!  ]!Oh dura suerte! ¡Que no puedo querer ver el mañana/sin temor de si quiero ver mi muerte! Cualquier instante de esta vida humana/es un nuevo argumento que me advierte/cuán frágil es, cuan mísera y cuan vana/.  Paz a su alma buena.

Rafael A. Escotto

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