Acercándose, vendó las heridas (Lc. 10 34)

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Esta perícopa bíblica,  es extraída de la parábola del buen samaritano. Pertenece al Evangelio del sufrimiento. Mediante esta parábola Cristo quiso responder a la pregunta “¿Y quién es mi prójimo?” En efecto, entre los tres que viajaban a lo largo de la carretera de Jerusalén a Jericó, donde estaba tendido en tierra medio muerto un hombre robado y herido por los ladrones, precisamente el Samaritano demostró ser verdaderamente el «prójimo» para aquel infeliz. «Prójimo» quiere decir también aquél que cumplió el mandamiento del amor al prójimo.

Otros dos hombres recorrían el mismo camino; uno era sacerdote y el otro levita, pero cada uno «lo vio y pasó de largo». En cambio, el Samaritano «lo vio y tuvo compasión… y acercándose, le vendó las heridas», a continuación «le condujo al mesón y cuidó de él».  Y al momento de partir confió el cuidado del hombre herido al mesonero, comprometiéndose a abonar los gastos correspondientes.

El buen samaritano nos da un gran ejemplo de compasión y solidaridad. Hoy  la prisa nos envuelve, corriendo el gravísimo peligro de que el corazón pierda sensibilidad. Y Cuando el corazón se insensibiliza, pierde la virtud de la compasión hacia el que sufre. Eso le pasó a los a los dos hombres insensibles, su corazón atrofiado, no le permitió solidarizarse con el encontró herido y desprotegido.

Observemos quienes están al borde del camino de la vida, y experimentan sufrimiento. Pienso en este momento en aquellos que están desempleados, que se acuestan sin saber que comerán mañana. Y peor aún, los que salen a trabajar honradamente, y claman al cielo para que un delincuente no les arrebate el dinerito adquirido ese día. Hay otros muchos heridos porque han sido estafados, engañados vilmente. Pero también está herido el corazón de la patria, pues la corrupción es siempre una estocada mortal, pues frena el legítimo desarrollo en materia de educación, salud y obras de infraestructura. Oremos por ellos, para que se conviertan.

El demonio siempre esta al acecho para meter su “enfilada cola ruidosa”.  Sanemos las heridas en nuestra propia familia, donde laboramos,  y en la comunidad parroquial. Los celos, los chismes, las calumnias,  y las envidias, provocan heridas.  La tarea que urge ahora,  es vendar esas heridas ya sanadas con el bálsamo del amor, de la bondad, y de la compasión.

Felipe de Js. Colón

El autor es, Juez del Tribunal Eclesiástico

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